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"EL CINE"..., COLABORACIÓN DE LA CASA DE ANDALUCÍA DE RIVAS VACIAMADRID

cada quince días una película comentada

colaboración de la "Casa de Andalucía de Rivas Vaciamadrid"

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FÁTIMA

de Fhilippe Faucon

Un lugar en la sociedad

AMPLIARFátima (Soria Zeroual), mujer árabe separada, vive con sus dos hijas, Souad (Kenza Noah Aïche) adolescente de quince años y rebelde, y Nesrine (Zita (Hanrot) de 17 años que intenta estudiar medicina. Fátima apenas habla francés, no sale de casa sin su vgelo y lleva chilabas. Sus hijas, crecidas en el seno de la sociedad francesa no solo hablan perfectamente el francés, sino que incluso utilizan el argot cuando están entre los amigos no llevan velo y visten como europeas. Las diferencias entre madre e hija no son, pues, solo generacionales. Son también culturales. “Mis hijas viven en la sociedad francesa y yo no hablo francés. Estoy desvalorizada y  mis hijas sufren por ello”, escribe, muy consciente, en un cuaderno de apuntes en el que, por hacer algo, escribe sus impresiones, cuando se cae de una escalera y tiene que permanecer inmóvil un tiempo.

Para saceer adelante a sus hijas Fátima tiene que limpiar locales, escaleras, casas burguesas, o lo que se le ponga por delante con tal de sacar unos pocos euros. Y no solo la pagan poco, sino que encima la mayor parte de su trabajo es economía sumergida y explotación: “no puedo declarar por usted más que dos horas” le aclara una dignísima señora que la emplea durante muchas horas. 
Con ese dinero ayuda a su hija mayor a pagar matrícula, libros, comida y alquiler de una habitación para que pueda estudiar medicina. En esta hija, como Dios en Cristo, ha puesto todas sus esperanzas, lo que, ella darse cuenta, ha cargado de presión la vida de la muchacha.


Pero frente a Souad, la hija menor, Fátima está desorientada. No sabe como comportarse ni qué hacer. No quiere estudiar y, además, desprecia a su madre por ser árabe y limpiar escaleras: “¡Jamás limpiaré! ¡Antes robo!”, le espeta a su madre en cierta ocasión. Y aclara a sus amigos, por si no lo sabían: “Mi madre limpia la mierda de otros”.

Y en el barrio donde vive los vecinos, en su mayoría también árabes, sienten celos de la “próspera” vida de Fátima y comulgan y alimentan intolerantemente unas tradiciones casi llevadas al extremo para preservar sus orígenes, tradiciones que empiezan a no tener sentido para los más jóvenes. Fátima y sus hijas son rechazadas por los franceses y por los árabes. ¿Cuál es el lugar social de Fátima y, sobre todo, sus hijas?

¿Integración?

Y ¡zás! A “Fátima”, del francés de origen marroquí Philippe Faucon, le caen, inesperadamente, tres “César”: mejor adaptación, mejor actriz revelación y mejor película francesa 2015. 

Estos franceses son la mar de complicados. Lo mismo le dan el “César” a “Fátima”, que la palma de oro de Cannes a “Dheepan”, del también francés Jacques Audiard. Eso sí que es tener amplitud de miras.  Cierto que el tema y la intención de ambas películas vienen a ser los mismos: la emigración árabe y los refugiados tamiles. Pero son dos mundos ideológicos y cinematográficos opuestos. A  la discreción y complejidad de Monsieur Faucon se opone la brutalidad y arrogancia de Monsieur Audiard. Está claro que los franceses, casi siempre, han sabido oler las realidades de su tiempo.

¿Piensa Faucon que en su anterior película de 2011 “La desintegration” fue demasiado lejos al tratar el tema del terrorismo árabe y ahora debía hacer una película más dulce y esperanzada? Es posible, pero no lo creo. Desde su primera película, “L’amour” (1990) hasta ésta última, su materia narrativa casi siempre ha sido la misma en sus once películas: los emigrantes, el choque de las tradiciones árabes con las europeas y la mujer como sostén de la familia. “Fátima” no es más que un paso adelante en esa indagación.

Y cuando el sueño europeo se está hundiendo, cuando los refugiados han arrojado brutalmente sobre la mesa las contradicciones y la fragilidad europea, cuando la crisis económica ha ahogado a la clase media haciéndola casi desaparecer haciendo que las zarpas amenazantes de los nacionalismos vuelvan a levantarse, cuando la xenofobia, la islamofobia y el racismo abren sus fauces, Faucón sigue, erre que erre y a la chita callando, con su trabajo por la integración. Un trabajo complejo y muy difícil de hacerse comprender por su sutileza y, sobre todo, materializar. Es más comprensible y fácil de seguir el berrido y la pincelada grosera del europeo Jacques Audiard.

Fátima y sus hijas no tienen lugar en nuestra reluciente y limpísima sociedad. Y tienen que sufrir una doble intolerancia porque ni pertenecen a la cultura de origen, ni están en la cultura en la que viven.

Y lo hace sin romper un solo plato: con poco presupuesto, treinta y pocos días de rodaje y tres actrices contratadas en no sé qué escuela dramática de tres al cuarto.

Faucon planta su trípode, ( viejo trasto que ningún realizador actual que se precie utiliza), enrosca la cámara y ¡hale!, como en los viejos tiempos del cine , humilde plano y contra plano. Nada de bailes de san Vito con planos circulares o cenitales que emboban. Nada de cámara al hombro en interiores. Nada de histerismos. Y un extraño ritmo suave proporcionado por un montaje que empieza en un diálogo de dos personajes en plano fijo y continuado por otros personajes en planos fijos posteriores. Todo ello gracias a una espléndida puesta en escena cinematográfica que arranca ya en el guión que, por ciento, es la esplendorosa adaptación de los poemarios “Prière de lune” de la marroquí, parisina y limpiadora de escaleras, Fátima Elayoubi.

Frente a ese naturalismo de fachada que practican algunos realizadores, Faucón opone un naturalismo íntimo, hecho de pequeñas cosas cotidianas, de gestos casi invisibles, de imperceptibles movimientos que establecen un marco en el que emergen las miserias de esas tres mujeres de diferentes edades y, con delicadeza inmensa, marca el territorio  para la reflexión de la relación con “los otros” y la búsqueda de cuestiones filológicas, (pues el idioma es fundamental y resaltado por Faucon), que podrían ser puertas de entrada a la integración. Pero no se abren. Y después nos quedamos perplejos cuando nos enteramos de que  jóvenes europeos, hijos de emigrantes, se enrolan en las filas del terrorismo.

Lo vemos a nuestro alrededor todos los días. Solo tenemos que entrar en la tienda de enfrente para ver a emigrantes que compran lo imprescindible para sobrevivir, pasear por un descampado o un pobre parquecito para verlos vigilando los juegos de sus niños o, simplemente, bajar por la escalera y verlas limpiando. ¿Las saludamos siquiera? ¿Nos preguntamos a cuánto pagamos la hora de su trabajo? ¿Se les pagará la Seguridad Social? Y nosotros, impolutos e inocentes europeos, nos rasgamos las vestiduras porque no traemos más refugiados. ¡Cómo necesitamos tranquilizar nuestras sucias conciencias!

Y Faucon pone su cámara al servicio de una soberbia Soria Zeroual, argelina, que no sé de donde se la ha sacado, pero estoy seguro que no ha pasado por el “Actor’s Studio”, ni seguido el método Strasberg, ni siquiera el elemental Stanislavski. ¡Pero que interpretación! Si algún espectador no se conmueve con el plano final de Fátima en el vestíbulo de la Facultad leyendo las notas finales de curso de medicina de su hija, puede ir pensando en ir a un psiquíatra para que le ordene su mente. Glorioso logro de la feliz colaboración entre actriz y director.

Y con ella las otras dos actrices, también árabes, Zita Hanrot y Kenza Noah Aïche, que están en la misma situación. Un trabajo actoral que visibiliza muy claramente dónde hay un buen realizador.  ¿Pero cuánta gente, hoy, gusta de este cine complejo en su fondo y sencillo en su realización?

Faucon intenta poner un poco de esperanza. A  mí se me antoja imposible. Los cultos europeos difícilmente  admitiremos que los árabes, o los “sudacas”, o lo que sea “otros”, son igual, exactamente igual, que nosotros. Hoy mismo Mourad Laachraoui, joven belga de veintiún años y campeón europeo de taekwondo, declara a “El País” sobre la relación con su hermano Najim, el terrorista suicida de Bruselas: “Nunca me quitarán la etiqueta de “hermano de”. Tal vez a los hijos de los hijos de mis hijos”. Tiene razón. No hay más que leer este comentario: muy conscientemente aclaro que Faucon es francés "de origen marroquí". ¿Sería necesaria esa aclaración si yo quisiera "realmente" integrarlo? Y ni siquiera le quitarán al joven Mourad, a pesar de su campeonato europeo, la etiqueta de árabe. Si es que no lo etiquetan de “moro”. Y esto con los árabes. No nos planteemos lo que hacemos con los africanos que huyen de la miseria y las guerras y matanzas, en su mayoría tribales, que se suceden sin interrupción en su continente porque entonces más vale que nos vayamos al inifierno. ¡Y seguimos considerándonos limpios europeos!

Gustará o no, se considerará anticuada o no, esta película. Pero hay que dar gracias a Monsieur Faucon por hacernos reflexionar. ¿Dejará el cine "social" de ser una antigualla?

Vicente Parra Fenollar

enlace directo al comentartio en la web de la casa de Andalucía de Rivas Vaciamadrid

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