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"EL CINE"..., COLABORACIÓN DE LA CASA DE ANDALUCÍA DE RIVAS VACIAMADRID

cada quince días una película comentada

colaboración de la "Casa de Andalucía de Rivas Vaciamadrid"

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MOONLIGHT

de Barry Jenkins

Momentos

Si el teatro y la vida son momentos y saltos, como sostenía Bertolt Brecht, la vida de un negro en Miami es tres momentos, muy concretos, con sus correspondientes saltos.

Momento niño: 
Chiron, a quien todos llaman “Pequeño” (Alex Hibbert) por su escasa altura, es un chico encerrado en mismo, casi incapaz de comunicarse con nadie y, por tanto, apenas habla. Condiciones todas que le hacen apropiado para el “bulling” en el colegio. Y tiene que cuidar de su madre drogadicta (Naomie Harris). Un buen día Chiron se encuentra con Juan (Mahershala Ali), el jefe de la distribución de droga en el barrio, que le acoge bajo su protección, le enseña aspectos de la vida que le llevarán a asumir su identidad social, le presenta a su novia Teresa (Janelle Monae). Juan y teresa le ofrecen comprensión y algo parecido a un hogar. Y les pregunta por su sexualidad: “¿Soy marica?”

Momento adolescente: 
Chiron (Ashton Sanders), ya no tiene la guía de Juan porque ha fallecido, pero sigue yendo a casa de Teresa porque es en el único sitio en el que puede escapar del acoso de su madre, ansiosa de dinero y de crack, y de las bandas del barrio, especialmente la que lidera Terrell (Patrick Decile), de la que forma parte Kevin (Jaden Piner), su único amigo, que le apoda “Negro”, y de quien está enamorado… hasta que un día, los dos solos en la playa, se besan y se masturban.  La reacción de Kevin es inesperada para Chiron: en público y ante los otros de la banda tiene que demostrar su masculinidad en una pelea,  todo un macho.

Momento adulto:
Chiron (Trevante Rhodes), ahora llamado “Negro”, se ha ido a vivir a Atlanta. Ahora es un hombre de estructura grande y musculatura fuerte. Se ha convertido en jefe de una banda de distribución de droga. Lleva una vida tan austera y solitaria como un franciscano. Un día recibe un corrfeo de Kevin (Andre Holland) que le sugiere verse. Chiron acude al bar donde trabaja Kevin.

Y Hollywood cogió su fusil con una canción de amor.

Negros, masculinidad negra y masculinidad “gangsta”, homosexualidad, drogas, pobres, guetos, bullyng, intolerancia, incomprensión, bandas callejeras… La película empieza a disparar desde el primer plano y no para. ¡Que arma tan potente contra la trumposis que nos aqueja!

“Moonlight” presenta tres momentos interconectados, pero independientes, que, a través de otros muchos momentos dentro de cada momento,  forman un todo único que nos presenta un viaje de autodescubrimiento y una verdadera oda a  la aceptación de sí mismo. Un viaje cuyas estaciones son el niño que sufre, el adolescente que rabia y se defiende a dentelladas, y el adulto duro y triunfador que esconde su vulnerabilidad.

En uno de esos momentos el “dealer” Juan le dice a Chiron niño: “A la luz de la luna los chicos negros son azules”. Es con la guía de Juan que Chirón nace de verdad  y, con el tiempo, se enfrenta a la vida de la que siempre huía. Chirón lo cuestiona todo, pregunta todo y obliga al espectador a interrogarse constantemente, porque si en principio Chirón considera que ha atrapado los momentos importantes de la vida, pronto se da cuenta que son los momentos los que le han atrapado a él, siempre al albur de las circunstancias sociales, culturales, raciales o sexuales en las que se ve inmerso.

El guion firmado por el propio director y por Tarell Alvin McCraney, adaptación de una obra teatral del propio McCraney, impone desde el principio una línea clara y muy simple: el futuro del protagonista no parece estar en lo que muestra la cámara, sino en una fractura social fuera de campo. Una fractura que aparentemente no tiene solución. ¿O sí? Y la cámara se planta con firmeza delante, o en la nuca, de los protagonistas: seguimos constantemente a Chiron, pero no sabemos nada de lo que pasa por su cabeza. El espectador, sin percatarse de ello, piensa que ese muchacho negro vulnerado puede ser cualquier persona que, por la calle, pasa a su lado, o le saluda, o puede ser el amigo con quien se toma una cerveza.

Al parecer se trata del segundo largometraje de Barry Jenkins. El anterior es de 2008 y, según se dice, era algo casi “amateur”. Este guion lo paseó por distintas productoras que lo rechazaron. No es de extrañar, ya que su principal característica es que se salta todos los tópicos, empezando por la masculinidad negra y “gangsta” que no se enfrenta a la no masculinidad blanca, sino que se plantea dentro de la “negritud”. Y Jenkins, por fin, recaló en la productora de Brad Pitt, que aceptó financiarlo.

¿Cómo puede un principiante lograr una película tan bien hecha y tan sutil? La verdad es que asombra. Pero no hubiera podido llegar a ese resultado si no hubiera manejado con mucha maestría tres factores: el reparto, la puesta en escena y la fotografía.

Jenkins ha acudido a una sabia mezcla de actores profesionales y otros que no sabemos si son actores o han actuado ocasionalmente en esta película. Si Mahershala Alí, nominado a mejor actor de reparto, está auténticamente impresionante, Naomie Harris, esplendorosa chica Bond, hace una madre drogata que da la vuelta a las doscientas mil madres drogatas que nos ha dado el cine. ¿Cómo no nominarla al “óscar” aunque sea a actriz de reparto? Pero lo que de verdad impresiona es la actuación de los tres desconocidos Chiron: Alex Hibbert, Ashton Sanders  y Trevante Rhodes. ¿Dónde han ido a buscarlos? Especialmente “pequeño”: ¡Qué forma de callar! ¡Qué forma de moverse! ¡Qué forma de mirar! Los tres merecedores de “óscar”. ¡Y no están nominados!

Y una puesta en escena que sugiere más que muestra, que nunca hace juicios morales, y convierte a Miami en un protagonista más gracias al tercer elemento manejado: la fotografía. La experimentada cámara de James Laxton cambia su rumbo habitual y aquí se planta en primeros planos que lo dicen todo o fluye con movimientos circulares que logran auténticos estallidos plásticos. Y, sobre todo, el manejo de la luz que dota de gran lirismo lo que tiene una cierta voluntad neorrealista. No sé por qué, pero esta cámara de James Laxton me recuerda la cámara poética del gran Néstor Almendros.

Y Hollywood cogió su fusil para combatir la trumposis y ha llenado de afroamericanos las nominaciones de este año, entre ellas esta espléndida canción de amor que es “Moonlight” a la que le han dado ocho nominaciones.

Vicente Parra Fenollar

enlace directo al comentartio en la web de la casa de Andalucía de Rivas Vaciamadrid

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