<%@LANGUAGE="JAVASCRIPT" CODEPAGE="1252"%> Monumento a la libertad

La libertad

Qué gran fasto. La inauguración contentó a toda la ciudad. Hasta los diferentes grupos políticos del ayuntamiento se mostraron por primera vez en la legislatura de acuerdo: el descubrimiento del Monumento a la Libertad, si bien de menor tamaño que la famosa estatua neoyorquina, representaba la decidida apuesta de un pueblo por la difícil senda de los derechos humanos y la paz. Todos -alcalde, opositores, prensa y ciudadanos- acudieron alborozados en la radiante mañana de mayo en que los telediarios dieron a conocer la noticia al mundo entero. La ciudad volvió a su ritmo normal y el pequeño niño se integró enseguida contagiando a quienes le miraban de un optimismo singular. “¡Locos!”, exclamaron algunos.

A los pocos meses el ayuntamiento presentó su nuevo plan de obras para el año siguiente. La primera acción de modernización de la urbe consistía en la perforación de un túnel bajo la Plaza de la Libertad para aliviarle el tráfico. Las tareas comenzaron y hubo, claro está, que retirar la estatua temporalmente; pasó meses dormitando en un almacén, superando a duras penas la inquietud de no poder cumplir con su deber.

La estatua, terminada la actuación (que es como se llama en estos tiempos a las obras incómodas), volvió a su pedestal, pero resultó que con el túnel había quedado un tanto aislada y la gente ya no la tenía tan cerca. El mal humor -se notó- creció en la ciudad mucho más de lo que se descongestionó el tráfico.

El ayuntamiento decidió, para paliar el daño, construirle un podio mayor. El día en que inauguraron esta nueva palestra los vecinos vieron sorprendidos que el niño, allí subido, apenas tenía que alzar sus manitas para llegar al cielo. El pleno municipal, para que nadie le tachara de racanería –o por un afán desmedido de gigantísmo-, había dejado la estatua ridículamente suspendida varias docenas de metros por encima de las cabezas de los transeúntes. Al pobre crío, por muy marmóreo que fuera, le entraron unos tremendos vértigos que empezaron a resquebrajarle su alma pétrea.

Cambió el partido en el poder y para congraciarse con el pueblo mandó derruir el pedestal. En su lugar construyeron una hermosa fuente con arbolitos alegóricos de un material indeterminado. En el centro, bajo cinco chorros de agua que de noche se iluminaban con reflejos pastel, colocaron al niño. Tiempo después, los expertos detectaron que la talla no estaba soportando bien tanta humedad. Vaticinaron que si seguía en medio de esa fuente no duraría mucho en pie. Otra mudanza más.

Encargaron el proyecto que pretendían definitivo a un conocidísimo y moderno arquitecto. Este, con gran seguimiento de los medios, diseñó el habitáculo de la estatua. Antes de su colocación se informó a la prensa de que se trataría de algo simbólico, una estructura que mantuviera protegido el valioso don, pero que, a la vez, estuviera abierto a todos. Llegó el gran día, la estatua sufrió su cuarta inauguración. En esta, a diferencia de en las anteriores, a nadie se le ocurrió romperle una botella de cava en la cabeza. La última vez hubo que repararle una oreja.

Llegó el invierno y el niño rápidamente advirtió los problemas de su nuevo hogar. Aquejado aún por los males que le causó la fuente, los remolinos de aire que se formaban en la moderna estructura le congelaban el pequeño y regordete cuerpo de mármol. Después de unos días con malestar, sintiéndose maltratado, ignorado por las autoridades y alejado de todo posible contacto con el pueblo, el Monumento a la Libertad, con un enfado considerable, se presentó en la oficina de protección del menor para poner una reclamación. La funcionaria que le atendió, atónita, tramitó la queja por el procedimiento de urgencia. Consideró de justicia tratar con más delicadeza a la Libertad.

 

Juan Pelegrin